1)La victoria de Kast
2)Fracaso amplio
1)La victoria de Kast
2)Fracaso amplio
Por Alejandro de la Mota
El último resultado electoral dejó a José Antonio Kast como ganador con una diferencia aplastante. La reacción fue inmediata: análisis, columnas, hilos y paneles se lanzaron a explicar el fenómeno con la urgencia habitual que sigue a toda derrota. Las hipótesis se repitieron con pocas variaciones: la dificultad estructural de que alguien del Partido Comunista llegue a La Moneda, la supuesta irrelevancia del proyecto de izquierda y el ya clásico castigo al gobierno de turno.
Hasta ahí, el libreto conocido.
Lo verdaderamente predecible vino después. La izquierda progresista volvió a mostrar su mayor debilidad: la incapacidad de hacer una autocrítica honesta. En su lugar, emergió una explicación tan cómoda como estéril, atribuida principalmente a la ignorancia o tozudez del electorado. El pueblo se equivoca; el análisis propio, nunca.
Sin embargo, más allá de los errores de la izquierda, este resultado dice mucho más sobre los aciertos de la derecha. En particular, de una ultraderecha que desde hace años viene haciendo una lectura más precisa del escenario global y, sobre todo, de aquello que hoy moviliza a las clases populares, un sector que durante décadas fue el núcleo electoral de la izquierda.
La derecha entendió algo fundamental: el poder no se construye sólo con programas, sino con sentido común. Y para ello recurrió, consciente o no, a una estrategia conocida y largamente descrita por Antonio Gramsci. El mismo Gramsci que suele ser demonizado sin haber sido leído.
Gramsci hablaba de hegemonía cultural: la capacidad de instalar ideas propias en el tejido institucional y cultural hasta que estas se vuelven incuestionables. Una vez consolidada esa hegemonía, incluso las medias verdades o las falsedades más evidentes se defienden solas. Se naturalizan.
Hoy, por ejemplo, se repite con total normalidad que el capitalismo es sinónimo de consumo, progreso y libertad, olvidando que el comercio y el dinero existían siglos antes. Pero ya no importa: la idea se convirtió en “sentido común”. Y cuando algo es sentido común, deja de discutirse.
Nada de esto ocurre por azar. Grandes fortunas financian medios de comunicación, centros de pensamiento, campañas de propaganda y productos culturales que, más que informar, buscan moldear percepciones. No es una novedad histórica. Lo distinto es la eficacia y el alcance.
Durante décadas, existió un contrapeso real. Medios independientes, organizaciones sociales, el mundo del arte y la cultura ofrecían resistencia, aun con recursos limitados. La cultura no sólo entretenía: incomodaba, abría preguntas, estimulaba el pensamiento crítico.
Hoy ese espacio también fue colonizado. Gran parte de la producción cultural dominante se volvió predecible, vacía, diseñada para no incomodar a nadie. Plataformas como Spotify funcionan como vitrinas algorítmicas donde la repetición reemplazó a la provocación y el fondo musical desplazó al contenido reflexivo. El arte dejó de tensionar y pasó a acompañar, a no molestar, a no exigir nada del oyente.
A esto se suma el impacto de las redes sociales, donde la derecha profundizó una estrategia que ya dominaba: apropiarse de conceptos ajenos y vaciarlos de contenido. Así ocurrió con la palabra “libertad”, reducida de noción filosófica a eslogan económico. Lo mismo con Estado, comercio, estoicismo, neurociencia, e incluso con conceptos históricamente ligados a sus adversarios como socialismo, anarquismo o batalla cultural.
Todo presentado en formatos simples, digeribles, que no demandan esfuerzo intelectual. Pensar cansa y el algoritmo no premia el cansancio.
La izquierda, por su parte, no fue sólo víctima de este proceso; también fue colaboradora. Adoptó luchas legítimas de minorías, pero muchas veces mal traducidas políticamente, fácilmente caricaturizables y desconectadas de las urgencias materiales de las mayorías. A eso se sumó un lenguaje excesivamente técnico, moralizante y autorreferente, que exigía un esfuerzo adicional para simplemente adherir.
Mientras unos hablaban desde el “sentido común”, otros hablaban en clave académica.
Kast no ganó porque el electorado se haya vuelto repentinamente autoritario o reaccionario. Ganó porque alguien entendió antes cómo se construye hegemonía en el siglo XXI. Ganó porque la derecha disputó el significado de las palabras, mientras la izquierda se refugió en tener razón.
La izquierda no perdió sólo una elección.
Perdió el lenguaje, perdió el vínculo cultural y perdió la capacidad de explicar el mundo de forma comprensible sin sentirse moralmente superior.
Y mientras siga creyendo que sus derrotas se explican por la ignorancia ajena y no por su propia desconexión, seguirá escribiendo análisis cada vez más sofisticados para explicar por qué vuelve a perder.
Porque el verdadero problema no es que la derecha haya leído a Gramsci.
El problema es que la izquierda dejó de leer la realidad. https://resumen.cl/articulos/fracaso-amplio
(Por Rafael Pinto Borges)
El fin de semana pasado, Chile se enfrentó a una decisión histórica. Las probabilidades eran altísimas. Llamado a elegir entre regresar a las políticas que lo convirtieron en el país más próspero de Sudamérica o redoblar sus esfuerzos en el izquierdismo derrochador, aventurero y bohemio burgués, Chile demostró su madurez colectiva al apostar por José António Kast, un hombre genuinamente patriota, responsable y, en general, decente.
Las elecciones fueron una contienda crucial entre dos visiones irreconciliables de la sociedad y el mundo. Kast, un católico comprometido e hijo de humildes inmigrantes bávaros, se presentó como el candidato de la autoridad, el realismo económico y la cohesión nacional. Su adversaria fue Jeannette Jara, miembro del Partido Comunista de Chile y ministra de Trabajo del entonces presidente Gabriel Boric. Jara realizó una campaña típica de la extrema izquierda regional, prometiendo ir más allá de lo que Boric se había aventurado en el desmantelamiento del singular modelo económico y político que, construido bajo el duro pero sensato liderazgo del general Augusto Pinochet, convirtió a Chile en una especie de Suiza sudamericana: un ejemplo de éxito muy admirado y envidiado en casi todos los ámbitos, desde el PIB per cápita hasta la deuda pública, el IDH o la esperanza de vida promedio.
Heredera de décadas de revanchismo izquierdista dirigido contra las exitosas reformas de Pinochet, Jara prometió deshacer lo que había funcionado con un cóctel explosivo de redistribución de la riqueza sin producción de riqueza y la promesa de derechos para todos sin deberes para nadie. Su plataforma repetía el romanticismo revolucionario que había llevado a Venezuela al desastre. Era imposible no escuchar al menos algunos ecos de 1970, cuando Chile se encontraba en una encrucijada similar entre el candidato filocomunista Salvador Allende y el centroderechista Jorge Alessandri. Entonces, el país eligió la utopía y el desastre. Fue necesario el levantamiento militar de septiembre de 1973 para salvar al país de la aterradora perspectiva de un auténtico régimen comunista, con todo lo que ello conllevaría: no solo los rigores del empobrecimiento masivo, sino también los de persecuciones políticas incomparables en alcance y gravedad a las lamentables, pero contextualmente medidas, represiones de la junta de Pinochet.
Esta vez, Chile optó por algo diferente. Ante todo, el triunfo aplastante de Kast —ganó con el 60% de los votos— es un rechazo inequívoco a la vía venezolana. Su oponente ofreció el trillado guion del socialismo sudamericano del siglo XXI: un Estado inflado, la distribución de una riqueza inexistente y una reestructuración agresiva de la sociedad en nombre de la «justicia social». Los chilenos ya han visto esta película, no solo en su propio pasado, sino en todo el continente. Han visto a Venezuela descender de ser una de las naciones más ricas de Latinoamérica a un sinónimo de pobreza y emigración masiva. Decidieron que no serían los siguientes.
Kast representaba la antítesis de ese modelo. Conservador social y defensor acérrimo de la ley y el orden, no se presentó como revolucionario, sino como restaurador. Su programa no prometía un paraíso terrenal; prometía normalidad. Seguridad en las calles. Fronteras reales y significativas de nuevo, y límites a la inmigración masiva que ha azotado a Chile en los últimos años. Respeto a la propiedad. Un Estado que busca ser fuerte en lugar de inflado. Estas son ambiciones modestas solo en sociedades que aún no las han perdido.
Fundamentalmente, Kast se erige como el heredero político —por muy anticuado que parezca decirlo— de las políticas que transformaron a Chile en el país más exitoso de Sudamérica. Durante décadas, Chile se distinguió por su disciplina fiscal, la solidez de sus instituciones, su estabilidad política y una cultura de trabajo en lugar de derechos. Esas políticas sacaron a millones de personas de la pobreza, construyeron una clase media dinámica y convirtieron a Chile en un caso aparte en una región convulsa. La izquierda ha dedicado años a deslegitimar ese legado, reduciéndolo a caricatura y condena moral. Los votantes chilenos ya han emitido su respuesta.
Esto no quiere decir que los chilenos sean ciegos a la desigualdad o la tensión social. Estos son problemas reales en la era post-Pinochet; son lo que llevó al auge de una izquierda tan fervientemente comprometida con el derrocamiento de cada institución heredada del régimen militar, un proceso que alcanzó su punto álgido en el intento de 2022 de redefinir constitucionalmente a Chile como un régimen «plurinacional, ecológico» y progresista con protecciones específicas para sus «grupos históricamente marginados», incluyendo «mujeres, niños y minorías sexuales y de género». Esas tonterías fueron rotundamente rechazadas en el referéndum de ese año por un margen de 62% a 38%. Al igual que esa victoria del sentido común, lo que la elección de Kast significa es que los chilenos entienden que destruir los cimientos de la prosperidad no es la forma de corregir sus imperfecciones. La elección refleja un electorado maduro que entiende las compensaciones, un grado de sabiduría colectiva cada vez más raro en las democracias occidentales.
Esta elección también tiene una dimensión cultural más profunda. El catolicismo de Kast no es casual. En una era política aún dominada —al menos en Europa— por tecnócratas y relativistas morales, Kast ha prometido públicamente revocar el aborto en su país. Habla abiertamente de responsabilidad, autoridad, familia y nación. No pretende que una sociedad pueda sobrevivir sin normas compartidas, ni que el Estado pueda reemplazar la infraestructura moral que proporciona la tradición. A diferencia del argentino Milei, cuya visión libertaria se centra completamente en la economía, Kast ofrece un proyecto arraigado en la identidad histórica de Chile.
Como era de esperar, Kast ya está siendo demonizado por la prensa internacional, mayoritariamente de izquierdas. Se le está criticando por haber apoyado, de joven, la campaña del «Sí» de 1988 que, de haber tenido éxito, habría permitido al general Pinochet continuar como jefe de Estado de Chile durante ocho años bajo el régimen democrático restaurado. Incluso se le difama como nazi porque su padre bávaro sirvió en la Wehrmacht alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Estas acusaciones son habituales: se utilizan con entusiasmo y cinismo cada vez que los votantes desafían las expectativas progresistas. Sin embargo, lo que realmente aterra a sus críticos no es su programa, sino la posibilidad de que una nación enfrentada al caos, la delincuencia y la incertidumbre económica eligiera el orden, y lo hiciera con libertad, serenidad y abrumadoramente.
En definitiva, la importancia de la victoria de Kast reside precisamente en eso: en demostrar que el ciclo de decadencia no es inevitable y que las naciones no están condenadas a una deriva incesante hacia la izquierda hasta el colapso. Chile ha demostrado que, incluso después de años de agitación y presión ideológica, un pueblo aún puede elegir la estabilidad por encima de la fantasía, la responsabilidad por encima del resentimiento y la continuidad por encima de la autodestrucción. Con Kast, la historia le ofreció a Chile una segunda oportunidad. Esta vez, la aprovechó. (THE EUROPEAN CONSERVATIVE)
Rafael Pinto Borges es el fundador y presidente de Nova Portugalidade, un think tank conservador y patriótico con sede en Lisboa. Politólogo e historiador, ha escrito en numerosas publicaciones nacionales e internacionales.
«¿Progresismo moderado o conservadorismo populista y nacionalista?
Por DANIEL IGLESIAS GRÈZE
En el título puse el término derecha entre comillas para llamar la atención sobre las profundas ambigüedades que lo rodean. Aquí lo uso en un sentido que suelen darle los izquierdistas, cuando califican como “derecha” a todas las posiciones políticas que no son de “izquierda”. Intentaré presentar el dilema principal al que se enfrenta hoy la derecha entendida en ese sentido amplísimo.
En mi opinión, en la actualidad las cuestiones políticas fundamentales son las siguientes cuatro:
1) ¿Hasta dónde ha de llegar la intervención del Estado en la vida económica y social de cada país?
2) ¿Es conveniente hoy impulsar la formación de un gobierno mundial? Y en caso afirmativo, ¿cuál ha de ser la relación entre ese gobierno y las soberanías nacionales?
3) ¿Cuál es hoy la mejor forma de gobierno?
4) ¿Cuál ha de ser la actitud del Estado hacia la religión y la ley moral natural?
Trataré de mostrar que hoy las muchas corrientes políticas de “derecha” en el sentido indicado tienden a agruparse en dos bloques principales en relación con las cuatro grandes cuestiones que acabo de plantear.
En cuanto a la primera cuestión, puede parecer que toda la derecha está unida, pero pienso que esa impresión es un espejismo. Es cierto que probablemente toda la derecha de un país se una para privatizar una empresa pública en particular, o para desregular un aspecto particular de cierta actividad económica; pero si se mira el panorama desde más lejos aparecen diferencias importantes.
Muchos partidos o sectores de derecha parecen sentirse bastante a gusto con la tendencia histórica que, durante los últimos cien años, ha producido un aumento cada vez mayor del gasto público en relación con el Producto Bruto Interno (PBI) de cada país. Más aún, esos partidos o sectores suelen apoyar la concesión de nuevos y amplísimos poderes al Estado para imponer cosas como la descarbonización total de la economía, la vacunación contra el COVID-19 de casi toda la población, la igualdad de resultados (más que de oportunidades) entre los sexos o los “géneros” (sea lo que sea que esto signifique), etc. En cambio, otros partidos o sectores de derecha procuran la “deconstrucción del Estado administrativo” (que tiende a la tecnocracia) y se oponen a esas nuevas imposiciones estatales, y a otras más antiguas.
En cuanto a la segunda cuestión, muchos partidos o sectores de derecha apoyan los actuales procesos de globalización política, que tienden a diluir gradualmente las soberanías nacionales y a construir a largo plazo un gobierno mundial, representado hoy en estado embrionario por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En cambio, otros partidos o sectores de derecha (nacionalistas) defienden las soberanías nacionales y se oponen a la extensión del poder de la ONU, a la que ven como una institución en buena medida incompetente y corrupta.
En cuanto a la tercera cuestión, muchos partidos o sectores de derecha tienden a esforzarse para conservar el sistema democrático en su forma actual, sin grandes cambios, pese a los serios males que sufre dicho sistema en cada país. En cambio, otros partidos o sectores de derecha (populistas) procuran una participación mucho mayor de la ciudadanía en la vida política y social, para tratar de asegurar que las políticas públicas generen resultados que realmente sirvan a toda la ciudadanía, y especialmente a las grandes mayorías.
En cuanto a la cuarta y última cuestión, muchos partidos o sectores políticos de derecha parecen sentirse cómodos en un sistema político secularista que no solo tiende a excluir rigurosamente a la religión del ámbito público, sino que también se inclina cada vez más a combatir contra la ley moral natural, considerándola como un obstáculo inadmisible para el progreso humano. En cambio, otros partidos o sectores de derecha (conservadores) defienden firmemente el valor de la religión en el ámbito público y la vigencia de la ley moral natural, es decir de la ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, la ley intrínseca que rige nuestro verdadero desarrollo interior en cuanto seres humanos.
Por lo tanto, muchos partidos o sectores políticos de derecha se comportan hoy como progresistas moderados. Pese a las apariencias superficiales, en el fondo esta “derecha”, consciente o inconscientemente, y por medio de otras estrategias, tiende a los mismos objetivos principales que los progresistas más o menos radicales (es decir, la “izquierda”):
1) un sistema económico que, en la práctica, tiende al “capitalismo inclusivo” o el “socialismo corporativo” (ambos caracterizados por la tecnocracia y por una alianza estrecha entre el Gran Gobierno y las Grandes Empresas);
2) la desaparición de las naciones;
3) una democracia en la que los partidos políticos desempeñan el rol estelar (partidocracia); y
4) una sociedad sin Dios y sin religión.
En cambio, otros partidos o sectores de derecha (conservadores, nacionalistas y populistas) trabajan a fin de encaminar a sus respectivos países en un sentido muy diferente e incluso contrario, en las cuatro dimensiones analizadas.
Descendiendo de la teoría a los casos reales (siempre imperfectos), la “derecha” debe elegir hoy uno de dos caminos: en Estados Unidos, el camino de los republicanos del Establishment o el del movimiento MAGA; en España, el camino del PP o el de Vox; en Francia, el camino de LR o el camino de Le Pen y Zemmour; en América del Sur, el camino de Macri o el de Milei o Bolsonaro, etc.
(Capítulo 6 del libro Daniel Iglesias Grèzes, El trigo y la cizaña: Una mirada cristiana sobre el mundo)